El teletrabajo aparece como una propuesta donde no hay tiempo para adaptarse a ninguna otra posibilidad. Un proceso de adecuación que ya había comenzado a aplicarse durante los días más inciertos del estallido social, pero que, durante la emergencia sanitaria, se ha consagrado como parte de nuestra “nueva normalidad”.

Sin dudas, este proceso modernizador, pese a ser imprevisto y sin previa planificación, para muchos era inevitable.

Hoy, gran cantidad de empleadores se han dado cuenta que trabajar alejados de sus oficinas presenciales, es igual o más productivo y que las tecnologías que acompañan esta modalidad, no sólo benefician a la empresa, sino, que también al medioambiente e ineludiblemente a la disminución de la huella de carbono en las ciudades.

Los defensores del trabajo remoto, aseguran que, debido a la pandemia, el teletrabajo ha generado dudas con respecto a su estructura. Espacios reducidos, sensación de agobio y aumento de la presión y carga laboral, familiares o niñas y niños interrumpiendo los horarios laborales, entre otros, sin embargo, recalcan que vivimos un período único y circunstancial y que la esencia del teletrabajo radica en tener todas las demás necesidades hogareñas cubiertas.

Lo que sí sabemos con certeza, es que, a medida que el trabajo y su nuevo formato se masifica, más gente decidirá alejarse de las grandes urbes y trasladarse a segundas viviendas o a localidades con una mejor calidad de vida, en concreto: la densidad poblacional en ciertas áreas tenderá a la baja.

Sin embargo, existe un factor que el trabajo remoto no puede reemplazar: la necesidad del ser humano de crear vínculos y relaciones interpersonales. Para quienes defienden el trabajo presencial, advierten que hacer de esta nueva normalidad una constante puede desnaturalizar y tecnificar las relaciones humanas, volviéndonos esquivos a los nexos físicos y solitarios.

No sabemos cuánto cambiará nuestro estilo de vida el teletrabajo, pero de que modificará nuestros hábitos tal cual como los conocemos, lo hará.

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